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La puerta
Si una puerta es un destino que se abre a la inconmensurable presencia de una oportunidad arrancada de su cierto destino, ya culminado, de ser la esperanza misma aguardando a ser iluminada en el umbral de esa puerta que se abre, y una mano cualquiera, supongamos la de Z, decide ejercer la fuerza para inclinar hacia la tierra el frío y dorado picaporte que sujeta a la puerta de su mano, que sujeta su mano sujeta al cuerpo de Z, sujeto a la tierra, removida y fría, podríamos preveer que en en ese encuentro, en esa perfecta intersección de ambos destinos cruzados, de ambos desenlaces enlazados (pero el primero era puro desenlace), Z podría ceder perfectamente la zigzagueante letra de su nombre a cualquier otra que mejor nos suene, o quizás que no nos moleste tanto al oído al ser pronunciada sin mas sonidos que acompañen la monótona música de un nombre monosilábico.
Ahora, supongamos un silencio, el vértigo de la luz acechando su ya indómita cara, las facciones olvidadas de su rostro en una profunda depresión de la conciencia, en el vértigo de nuestros mas fieles sentidos, en la suspensión de una memoria condenada a rimar, a arreglar la disonancia perpetua de nuestra sangrante naturaleza, a remover los fallos, a enjuiciar, a soslayar el ímpetu de un golpe en una ferviente caricia, supongamos por fin en ese instante que Z. verdaderamente es A., y que una puerta no abre nada que no haya sido abierto en la mente de (supongamos) un Dios, supongamos, que este cuento no es lineal y que una línea remite a la otra, digamos, azarosamente, y que concientemente las referencias son cruzadas, y el umbral y el picaporte dorado y frío junto a la tierra, fría también, pero removida por nuestras propias pisadas, no sean elementos ciertos de una historia incierta, de un destino supuesto en un valeroso cruce con uno ya resuelto, el del destino primero que espera a un tal Z. que está en pleno proceso de abrir una puerta.
Obvio que yo en este punto de esta sección, debería indicar una señal mas precisa que preste el lector a leer, que por fin ubique el sector involucrado de su mente en el acto de lectura en el propio ego de quien premedita un final, o algún rasgo de la personalidad de quién haya escrito este texto, sea A o Y.
Entonces tenemos un nombre cualquiera que avanza, un destino cumplido absorbido por ya la mitad de un cuerpo que entra. Es este punto el de máximo conflicto en el asunto, medio cuerpo adentro supongamos Z, medio cuerpo afuera, es decir cualquier nombre, Z o no Z, aunque creo que después de esta larga historia debería ser otra cosa que Z, sólo creo. Avancemos nosotros, giremos el frío y dorado eje que nos sujeta a la tierra, para darnos cuenta sí, que Z. era nuestra propia puerta anclada en el umbral de muchos destinos cruzados en nuestra mano derecha ejerciendo la fuerza descendente ya vigorosa ya cansada de estar involucrada en dos cuentos en el mismo relato involuntariamente o sea, el lector y Z.