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Damian

Irascible

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Irascible en el silencio la tarde destrozada imploró una luz tendida en una sala, como una mujer derramando de un sueño. La velocidad, acusada en esas miradas, era mas un sinónimo de lo neutro que un destino del ayer, y sin saber buscabas representarte del otro lado de la imagen del río. Quién invadirá el frío de esa música, con la sensación adecuada? Quién descubrirá debajo del montón de escoria el cristal de la palabra correcta, de la justicia cegada.

Miré una noche, la ví caer del otro lado de tus ojos cerrados, por fuera era.

Irascible pero en el  idioma del fuego. Una vez no sabíamos contar esa vez. Una vez el amor fue la cesación, pero inevitablemente.

Río irascible, escoria, velocidad, luz, tarde cristal fuego, amor, música, imagen, frío, cegada, inevitablemente

La puerta

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La puerta

 

Si una puerta es un destino que se abre a la inconmensurable presencia de una oportunidad arrancada de su cierto destino, ya culminado, de ser la esperanza misma aguardando a ser iluminada en el umbral de esa puerta que se abre, y una mano cualquiera, supongamos la de Z, decide ejercer la fuerza para inclinar hacia la tierra el frío y dorado picaporte que sujeta a la puerta de su mano, que sujeta su mano sujeta al cuerpo de Z, sujeto a la tierra, removida y fría, podríamos preveer que en en ese encuentro, en esa perfecta intersección de ambos destinos cruzados, de ambos desenlaces enlazados (pero el primero era puro desenlace), Z podría ceder perfectamente la zigzagueante letra de su nombre a cualquier otra que mejor nos suene, o quizás que no nos moleste tanto al oído al ser pronunciada sin mas sonidos que acompañen la monótona música de un nombre monosilábico.

Ahora, supongamos un silencio, el vértigo de la luz acechando su ya indómita cara, las facciones olvidadas de su rostro en una profunda depresión de la conciencia, en el vértigo de nuestros mas fieles sentidos, en la suspensión de una memoria condenada a rimar, a arreglar la disonancia perpetua de nuestra sangrante naturaleza, a remover los fallos, a enjuiciar, a soslayar el ímpetu de un golpe en una ferviente caricia, supongamos por fin en ese instante que Z. verdaderamente es A., y que una puerta no abre nada que no haya sido abierto en la mente de (supongamos) un Dios, supongamos, que este cuento no es lineal y que una línea remite a la otra, digamos, azarosamente, y que concientemente las referencias son cruzadas, y el umbral y el picaporte dorado y frío junto a la tierra, fría también, pero removida por nuestras propias pisadas, no sean elementos ciertos de una historia incierta, de un destino supuesto en un valeroso cruce con uno ya resuelto, el del destino primero que espera a un tal Z. que está en pleno proceso de abrir una puerta.

Obvio que yo en este punto de esta sección, debería indicar una señal mas precisa que preste el lector a leer, que por fin ubique el sector involucrado de su mente en el acto de lectura en el propio ego de quien premedita un final, o algún rasgo de la personalidad de quién haya escrito este texto, sea A o Y.

Entonces tenemos un nombre cualquiera que avanza, un destino cumplido absorbido por ya la mitad de un cuerpo que entra. Es este punto el de máximo conflicto en el asunto, medio cuerpo adentro supongamos Z, medio cuerpo afuera, es decir cualquier nombre, Z o no Z, aunque creo que después de esta larga historia debería ser otra cosa que Z, sólo creo. Avancemos nosotros, giremos el frío y dorado eje que nos sujeta a la tierra, para darnos cuenta sí, que Z. era nuestra propia puerta anclada en el umbral de muchos destinos cruzados en nuestra mano derecha ejerciendo la fuerza descendente ya vigorosa ya cansada de estar involucrada en dos cuentos en el mismo relato involuntariamente o sea, el lector y Z.

Deshiciste las hojas quebradas secandose al viento, en el trazo de la mañana dibujando un horizonte profundo, dulcemente inaccesible de transitar,
como si la luz no fuera el principio de una nueva llegada; sólo intentar bajo esa noche cerrada el gesto único, la palabra inicial, llena de sentido.

Cielo

Bello cielo de mi impugnación, beatitud de verte condenada al fuego dulce de un despertar a mi lado del lado donde brillan todas las vanas esperanzas del no verte crecer en la redimida fuente de lo no redimido, lo expectante a dejar de soñar su abrir los ojos. Campanas de mi impugnación, secreto cielo. Tengo todo el anhelo de una inmarchitable distancia, de la indisoluble distancia de una playa extensa que se abisma en el centro de tu mente como una luz ausente enamorada. Al verme, encontrarme así, bajo toda tu imaginación quebrada, bajo todo tu cielo derramado en tus manos ofrenda del tiempo, una nítida ilusión tus manos en mis manos dado todo el sentido lejos todo el sonido. Y si cerrases en un instante la tibia armazón que me amarra, cómo vería brillar en ese puerto, la cálida sensación de que alguien me espera, que alguien celebra su última unión de noche desganada, y lenta deshecha en una cama de tierra, y dulce en un abrazo con lo ignoto, con lo célebre abandonado, a invadir con tu voz de permanencia el eco sin sentido de las generaciones…

El genio

El genio no debe hablar, no debe explicar nada. No tiene tiempo para desperdiciar, debe crear y crear, como embriagado, sin noción del tiempo y el espacio, sin noción de la genialidad, incluso detestando a los que lo llaman genio, y nunca quisieron ser como el, y su admiración es mas una blasfemia vanidosa, que un real agradecimiento al que fue por ellos. Mejor sería que el genio muera, cuando todos los signos y señales muestren exactamente lo contrario, que hay vida entre nosotros y que algo persiste. Porque el genio no solamente está donde ya estuvimos, sino que estará donde quizás no nos animemos a estar, por ignorancia o por miedo. El genio debería dar su palabra y su silencio, y ser esa fractura que se abre en la tierra seca, en la tierra muy seca. Y cuando creamos entender una palabra del genio, mejor que dejemos de subestimarlos, porque es seguro que él ya nos olvidó para crear su arte, mucho tiempo atrás y creó una entrada donde nosotros encontramos una salida. Así lo veremos pasar al genio, con una palabra misteriosa con una cadencia extraña en su prosa, y sin avisar que se fue cuando ya se ha ido para siempre, cuando ya se ha quedado a vivir entre nosotros para siempre.

Irreversible

Irreversible citado desde las vanas auroras,
Al pozo del misterio al ojo ciego de dios,
A la límpida lucidez del cielo sin color,
Y cuando quiero mirar arriba abajo veo,
Y los otoños me desgarrarán eternamente del árbol del tiempo,
Y cuando miré abajo treparé bajo toda la tierra de mis años,
A incendiar con el fuego frío de sus manos el arder de mi memoria,
Como una luz adormecida en el fondo de un mar extenso.
Cuando crea ver encontraré, bajo esa mirada el intenso vibrar del mediodía
Cuando sol condenado a su consumirse quiera verter en la arena la pasión que lo sofoca,
Detrás del poema de la hoja del libro de la viva biblioteca de la prosa,
A brillar,
Pero irreversible sin la nota dolorida de un invierno sin la pureza de la nieve que se mezcla con el barro,
A soñar el sueño de las aves, a morir la muerte de los venerables,
A caminar, pero caminar tan lentamente que el día no pueda abrirse
Ni cerrarse a suspirar su propia apertura,
Tan lentamente que ni el futuro intervenga en tus pasos,
Ni tus pasos sean la cifrada meta,
Ni tú arte la semilla que la tierra siembre.
No quiero ver esa flor extendiendo sus delgados, celestes, pétalos
Que como un cielo fragmentado
Que como un sol iluminado su centro fuera
Y la sangre no consagrada ser el vértigo indefinido de su palpitación,
Su sed que no es Su sed,
El agua profundamente,
La apertura indefinida de un amanecer que no cifra su noche,
La cifra, el delicado destino del intenso comenzar.
Irreversible, como una moneda de mil y una caras,
Como una noche llena de voces y de miradas que ahora cierra sus ojos para besar

al silencio.

Origen

Si la luz que no veo es reflejo de la sombra que tendré cuando vea la sombra que todavía sin la luz que no tengo a cambiar, en la imagen que son tus ojos mirando el resplandor del mundo que podría habitarnos a los dos. Quisiera cambiar ese juego de oxidadas lanzas que es la suma de tu voz volviendo sucesivamente como la suma de las noches. Y sobre todas las cosas, ¿ a quién mirarás caer del borde de tus brazos a la nostalgia, a los pasos errantes que buscan necios un camino lejos de tu regazo?

Quisiera ver perecer esas noches, si sombra que no veo es luz que me refleja, del otro lado del espejo veo tu cara me pierdo sin la soledad flagelo del destino perecido y ahora no hay destino ni palabra.

Pero ahora sé de donde vengo.

Sin nombre.

La última plegaria de sus manos brotó de la tierra dócil de su esperanza, dejo caer su debilidad del pozo ciego de su coraje, de sus ojos cerrados ante todas las visiones que la asedian. Complejidad del padecer, en el fondo del río del tiempo el frío de su profundidad, su inmensa noche como el silencio de la fruta que espera madurar. Vimos crecer en torno nuestro la sombra y la luz combatiendo en el filo del mediodía de la medianoche, y hoy asistimos sin mirada a los vestigios dispersos de una guerra innecesaria. El reloj acecha. Su implacable motor nos mueve, el destino es una flor de hierro, arrancada del petrificado corazón de la sensación marchita. De hierro también es la palabra, oxidada lleva honorable la ardua carga del significado, como quién lleva en sus pasos ya el camino y la meta, pero sin llegar, pero lejos y sin saber verdaderamente a dónde ir, a dónde se está. Como ella, nos desconocemos, nos intentamos descifrar sin querer quebrar la delicada línea que nos separa de la última unidad, quizás para cerrar finalmente nuestro secreto en el símbolo adecuado.

Dia y Noche

 

La destrozada luz de la mañana implora a su arbol caído en la fosa común con la noche el vértigo perdido de sus antiguas iluminaciones, la intensa luz flor del tiempo, cuando tus ojos vacíos de sueño aclamaban en secreto esa silenciosa fascinacion de presenciar en el centro cayendo a dos grandes imperios. Vestigio matinal de las auroras, complacencia del éxtasis de la dulce lágrima de la tierra.

La destrozada luz de la noche implora a su arbol caído en la fosa común de la mañana el vértigo perdido de sus antiguas iluminaciones, la pálida luz raíz del tiempo, cuando tus ojos completos de sueño aclamaban en secreto esa silenciosa fascinación de presenciar en el centro cayendo a dos grandes imperios. Vestigio vespertino de los atardeceres, complacencia del éxtasis de la amarga lágrima de la tierra.