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El genio

El genio no debe hablar, no debe explicar nada. No tiene tiempo para desperdiciar, debe crear y crear, como embriagado, sin noción del tiempo y el espacio, sin noción de la genialidad, incluso detestando a los que lo llaman genio, y nunca quisieron ser como el, y su admiración es mas una blasfemia vanidosa, que un real agradecimiento al que fue por ellos. Mejor sería que el genio muera, cuando todos los signos y señales muestren exactamente lo contrario, que hay vida entre nosotros y que algo persiste. Porque el genio no solamente está donde ya estuvimos, sino que estará donde quizás no nos animemos a estar, por ignorancia o por miedo. El genio debería dar su palabra y su silencio, y ser esa fractura que se abre en la tierra seca, en la tierra muy seca. Y cuando creamos entender una palabra del genio, mejor que dejemos de subestimarlos, porque es seguro que él ya nos olvidó para crear su arte, mucho tiempo atrás y creó una entrada donde nosotros encontramos una salida. Así lo veremos pasar al genio, con una palabra misteriosa con una cadencia extraña en su prosa, y sin avisar que se fue cuando ya se ha ido para siempre, cuando ya se ha quedado a vivir entre nosotros para siempre.

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