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Sin nombre.

La última plegaria de sus manos brotó de la tierra dócil de su esperanza, dejo caer su debilidad del pozo ciego de su coraje, de sus ojos cerrados ante todas las visiones que la asedian. Complejidad del padecer, en el fondo del río del tiempo el frío de su profundidad, su inmensa noche como el silencio de la fruta que espera madurar. Vimos crecer en torno nuestro la sombra y la luz combatiendo en el filo del mediodía de la medianoche, y hoy asistimos sin mirada a los vestigios dispersos de una guerra innecesaria. El reloj acecha. Su implacable motor nos mueve, el destino es una flor de hierro, arrancada del petrificado corazón de la sensación marchita. De hierro también es la palabra, oxidada lleva honorable la ardua carga del significado, como quién lleva en sus pasos ya el camino y la meta, pero sin llegar, pero lejos y sin saber verdaderamente a dónde ir, a dónde se está. Como ella, nos desconocemos, nos intentamos descifrar sin querer quebrar la delicada línea que nos separa de la última unidad, quizás para cerrar finalmente nuestro secreto en el símbolo adecuado.

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