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Rimbaud

Rilke- El genio, de Las iluminaciones

Él es la afección y el presente, pues ha abierto su casa al invierno espumoso y al rumor del verano; él, que ha purificado las bebidas y los alimentos; él, que es el encanto de los lugares fugaces y el deleite sobrehumano de las estaciones. Él es la afección y el porvenir, la fuerza y el amor que nosotros, erguidos en la rabia y el tedio, vemos transitar por el cielo tempestuoso y rasgado en jirones de éxtasis.

Él es el amor, medida perfecta y reinventada, razón maravillosa e imprevista; él es la eternidad: amada máquina de las cualidades fatales. Todos hemos experimentado el espanto de su concesión y de la nuestra: oh goce de nuestra salud, impulso de nuestras facultades, afección egoísta y pasión por él, por él que nos ama y nos amará durante toda su vida infinita...

Nosotros le pedimos que vuelva y él viaja... Y si la Adoración desaparece, resuena, su promesa resuena: <<¡Fuera las supersticiones, los antiguos cuerpos, la familia y las edades! ¡Esa época ya se ha ido a pique!>>

Él no se irá, él no bajará de los cielos, él no llevará a cabo la redención de las cóleras de las mujeres ni la de los júbilos de los hombres ni la de todos los pecados, pues por el mero hecho de existir y de ser amado ya nos ha redimido.

Ah, sus hálitos, sus cabezas, sus idas y venidas; la terrible celeridad de la perfección de las formas y de la acción.

¡Oh fecundidad del espíritu e inmensidad del universo!

¡Su cuerpo! ¡La liberación soñada, el rompimiento de la gracia atravesada por la nueva violencia!

¡Su aspecto, su aspecto! Todos los antiguos arrodillamientos y los castigos levantados con sólo verle.

¡Su luz! La abolición de todo sufrimiento sonoro y móvil en la música más intensa.

¡Su paso! Migraciones más numerosas que las antiguas invasiones.

¡Oh él y nosotros! Orgullo más benévolo que las caridades perdidas.

¡Oh mundo! ¡Y el canto claro de las nuevas desdichas!

A todos nos ha conocido y a todos nos ha amado. Sepamos en esta noche de invierno, de cabo a cabo, desde el polo tumultuoso hasta el castillo, desde la multitud hasta la playa, de mirada en mirada, con las fuerzas y los sentimientos cansados, sepamos invocarle y verle, y despedirle, y bajo las mareas y en lo alto de los desiertos de nieve, remedar su aspecto, sus hálitos, su cuerpo, su luz.