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Rilke

Der Tod des Dichters - Rilke

Yacía. En su rostro alzado sobre el alto almohadón
había palidez y rechazo
desde que el mundo y aquel saber de él,
arrebatado a sus sentidos,
cayó de nuevo al año indiferente.

Los que lo veían vivir no sabían
que todo aquello y él era lo mismo;
y es que aquello: aquellos valles y praderas
y aquellas aguas eran su cara.

Oh sí, su cara era todo aquel espacio,
que aún ahora acude a él y lo reclama;
y su máscara, que expira angustiada,
es mórbida y abierta como el interior
de un fruto que se seca al aire.

 

Apágame los ojos

Apágame los ojos: puedo verte;

cierra mis oídos, puedo oírte,

y sin caminar puedo andar hacia ti,

y a un sin boca puedo invocarte.

Arráncame los brazos, y te asiré

con el corazón como con las manos,

detén mi corazón y mi cerebro latirá,

y si te arrojas a la corriente de mi cerebro,

entonces te llevaré en mi sangre.