el Yo en la obra de Borges (mio)
El tratamiento del Yo en la obra de Jorge Luis Borges es bastante amplio. A pesar de su escepticismo, posición filosófica a la que arribó en su madurez, a lo largo de su historia podemos encontrar diversas afirmaciones, negaciones, refutaciones de sus propias posiciones del yo. Bien sabido es que la filosofía no fue ajena a Borges, de ella capturó nociones o esquemas que luego le servirían como estructura sobre los que edificar sus cuentos, y aún sus poemas. Por otro lado, en Ficciones, Borges nos advierte ‘’La metafísica es una rama de la literatura fantástica’’[1], entonces es en la literatura, donde están todos los esquemas filosóficos puestos en juego, y es precisamente por eso que Borges no puede decidirse por ninguno, porque tiene presente la historia de la literatura tanto como la historia de la filosofía. Por otro lado sabemos, que muchas teorías filosóficas las veía desde su lado estético, desde la belleza de su concepción, a pesar de ser erróneas. Sus influencias metafísicas van desde la Teología, el idealismo de Hume y Berkeley, la noción de especie de Shopenhauer, hasta el simple realismo.
Veamos concepciones del Yo influenciadas por el idealismo: en Plaza San Martín: “y la honda plaza igualadora de almas / se abre como la muerte, como el sueño”[2], en After Glow: “cuando notamos su falsía, / como cesan los sueños / cuando sabemos que soñamos”.[3] , en Amanecer, “reviví la tremenda conjetura/ de Shopenhauer y Berkeley / que declara que el mundo / es una actividad de la mente, / un sueño de las almas /”[4], en Funes el Memorioso, donde se invierte el radical olvido del Idealismo hacia una memoria extrema, en Las Ruinas Circulares, donde el Yo sueña sonándose, en El Golem[5], donde el creador es criatura al fin, etc. En El otro, el soñador también es soñado como en Las Ruinas Circulares, el Yo del Borges presente sueña al Yo del Borges del pasado y el Yo del Borges del pasado sueña al Yo del Borges del presente, hacia ambas direcciones, pasado y futuro, hay irrealidad, como lo predica el Idealismo, ya que están fuera de la percepción. Al igual que en Las Ruinas Circulares, el soñador sueña y es soñado. Nos dice en El otro[6] “Si esta mañana y este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que pensar que el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar, tal vez no. Nuestra evidente obligación, mientras tanto, es aceptar el sueño, como hemos aceptado el universo y haber sido engendrados y mirar con los ojos y respirar.”
En Borges y Yo, el escritor se ve integrando parte de la historia de la literatura: aceptando la realidad del tiempo, ve que el creador es pasajero, pero no su criatura, tiene fe en que el creador sobreviva en su criatura. Ahora desde la posición realista de la filosofía, afirma la existencia del tiempo, el presente es real “y de hierro’’, hubo un pasado, habrá un futuro, hay vigilia. “Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro.” No conocemos a Borges, sino al narrador Borges, y él sabiéndose en la posteridad. En este caso, el espejo no deforma al duplicado, Borges fue lo que quiso ser, o acaso, lo que pudo ser, en el espejo de alguna de sus “páginas válidas” se reconoce, pero más en el espejo de las páginas ajenas: “yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica”,aunque como afirma la última oración: “No sé cuál de los dos escribe esta página.”: narrador y escritor se confunden: “Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro”. El Yo público y el Yo privado se confunden ya que son parte de un mismo Borges, el presente, el que ve, y el que prevé. Justificación, salvación, fundamento, sentido, son palabras reiteradas en distintos textos. El Borges mortal vive para que el Borges inmortal continúe su obra, la posibilidad de su justificación: “Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición.” El yo duplicado surge cuando se ve formando parte de la historia de la literatura, como otro libro mas de una biblioteca cualquiera, mezclado entre tantos libros. La salvación se le niega porque se ve formando parte del tiempo, un escritor entre otros, un número, ni el primero ni el último.
Acerca de su posición de la noción de especie de Shopenhauer, es decir de la concepción del Yo particular como integradora de un Yo universal que integraría la “eidos” o “especie”[7], poco se ha dicho, pero que nos resulta importante entrever para comprender o para intentar teorizar diversas posiciones filosóficas del Yo a las que Borges acudió en varias oportunidades. La importancia de la doctrina platónica en Shopenhauer es cabal, se puede confrontar en Borges en poemas como everness: “sólo del otro lado del ocaso / verás los Arquetipos y Esplendores”(en esos arquetipos estará su Yo también, su síntesis), así como en su reiteración en la figura del espejo: El otro, el mismo, es una metáfora de esta situación de reflejos del Yo, del yo que tiene el otro y es el mío, del Yo que integra la especie. Vemos en Spinoza “No lo turba la fama, ese reflejo / de sueños en el sueño de otro espejo…”[8] Vemos en Edipo y el enigma, “Somos Edipo y de un eterno modo / la larga y triple bestia somos, todo / lo que seremos y hemos sido.”[9] En Tema del Traidor y del Héroe[10] y en Biografía de Tadeo Isidoro Cruz: “comprendió que el otro, era él”[11]. Según Borges, cada hombre es por lo menos dos personas[12]. Esto lo podemos ver también en Tres Versiones de Judas: “Judas refleja de algún modo a Jesús.”[13]
Respecto a sus posiciones realistas del Yo, vemos en Nueva refutación del tiempo, “el tiempo es la sustancia de lo que estoy hecho (…) El mundo desgraciadamente, es real; yo desgraciadamente, soy Borges.”, en el poema Adrogué: “yo que soy tiempo, sangre y agonía”[14]. Vemos en Junín, Soy pero también el otro, el muerto / el otro de mi sangre y de mi nombre...[15] Estos intentos de Borges por encontrar su identidad en su familia, en su abuelo que luchó en la batalla de Junín, son radicalmente opuestos a los del Idealismo. El idealismo de Hume no creía en la realidad del pasado, ni en las certezas de la memoria, ya que solo era real lo actualmente percibido.
Respecto a sus posiciones teológicas, podemos encontrar un yo propio afirmado como efímero, como nimio, inimportante, respecto a Dios. Vemos en el poema El otro: “Suyo es lo que perdura en la memoria / del tiempo secular. Nuestra la escoria.”[16], en El alquimista: “Dios que sabe de alquimia, lo convierte / en polvo, en nadie en nada, y en olvido”[17], en Edipo y el Enigma: “Nos aniquilaría ver la ingente / forma de nuestro ser, piadosamente, / Dios nos depara sucesión y olvido.”[18] En Everness y en Ewigkeit se verifica un cierto optimismo respecto al yo, lo que ha visto el mortal y lo que ha vivido y pensado, su Yo, no se pierde, sino que Dios lo retiene, lo prefigura y conserva: “Sé que una cosa no hay. Es el olvido / sé que en la eternidad perdura y arde / lo mucho y lo precioso que he perdido: / esa fragua, esa luna y esa tarde”, en Oda escrita en 1966: “(Si el Eterno/ Espectador dejara de soñarnos / un solo instante, nos fulminaría / blanco y brusco relámpago, Su olvido.)”[19], en El reloj de arena: “No he de salvarme yo, fortuita cosa / de tiempo, que es materia deleznable.”[20]
Hay otra posición acerca del Yo que quisiera nombrar, que es la conciencia del escritor ante su obra, como vemos en El milagro Secreto[21] donde el Yo del escritor tiene la responsabilidad de concluir su obra: ha nacido junto al tiempo y junto al tiempo morirá cuando encuentre la palabra necesaria para terminarla. Este poema, es un poema de aliento, el escritor necesita un fundamento de existencia, creer que ha sido “enviado” al mundo para concretar su obra. La obra se transforma en su salvación, se cree en el futuro, en la inmortalidad del Yo a través de la obra. En la Parábola del Palacio[22] se trasluce que el escritor lo que debe buscar es la palabra que cifre el universo, cuando encuentre esa palabra, el universo será abolido, del sueño se habrá despertado. La afirmación de que esa palabra existe, de que el escritor debe encontrarla o crearla, es también una esperanza, un motivo, un sentido para escribir.
“El narrador es el hombre capaz de dejar consumir completamente la mecha de toda su vida en la dulce llama de la narración”[23], siguiendo ésta afirmación de Walter Benjamin, podemos afirmar que los narradores, la tradición oral de las antiguas leyendas, el trato con la muerte, la transmisión de la experiencia, el consejo práctico de la sabiduría, se están perdiendo, han quedado relegados completamente por la novela-mercancía del capitalismo. “El justo es el vocero de sus criaturas y al mismo tiempo su máxima encarnación''[24] dice Benjamin, es decir que el narrador que como creador significa todas sus criaturas, tiene la responsabilidad con los hombres de acercarle su experiencia, y en ese movimiento, intercambiar y nutrirse de la experiencia ajena. En la Argentina, hubo un Jorge Luis Borges, cuya gran pasión era la épica, desde Homero, pasando por Virgilio, hasta las Sagas Escandinavas. Quizás, uno de los pocos bastiones de la memoria de la literatura anglosajona y escandinava en el siglo XX, tan rica en tradición oral y en poesía, sin contar su gran recuperación de la literatura clásica y romántica, literaturas que los modernos parecieran rechazar como ajenas. Borges nunca escribió una novela, éste es un dato significativo para contrastar con la teoría de Benjamín, probablemente haya sentido el mismo vaciamiento de sentido en las novelas modernas, y ya conocemos su afición al cuento, su pasión por la literatura nórdica, su inagotable búsqueda del fundamento de la existencia, del fundamento de su escritura y de sus lecturas. Borges se dio a si mismo la misión de hacer perdurar la leyenda, de mantener viva la tradición. Recordemos como quiere ser recordado, en Una oración: “Puedo dar el coraje, que no tengo; puedo dar la esperanza, que no está en mí; puedo enseñar la voluntad de aprender lo que sé apenas o entreveo. Quiero ser recordado menos como poeta que como amigo; que alguien repita una cadencia de Dunbar o de Frost o del hombre que vio en la medianoche el árbol que sangra, la Cruz, y piense que por primera vez la oyó de mis labios.” [25]. Borges sentía la responsabilidad de un maestro de vida, de enseñar la voluntad de aprender algo que quizás no pueda aprenderse, pero sí vivirse y narrarse. Es la responsabilidad de un “narrador”, de un “justo que se encuentra a sí mismo”[26]. En su íntima oración, Borges se dirige y se inclina ante sus lectores.
La visión de la cruz[27]...“Comenzaron entonces esos hombres a prepararle un sepulcro a la vista de quien le había dado muerte. Tallaron un ataúd de piedra reluciente y colocaron en su interior al Señor de las Victorias. Cantaron entonces una canción doliente, tristes en el atardecer, y partieron luego exhaustos, dejándolo allí en poca compañía. Mas nosotras permanecimos allí largo rato, fijas en el lugar. Las voces de los hombres ascendieron; el cuerpo se enfrió, esa maravillosa morada de la vida. Entonces nos derribaron, caímos todas a la tierra – ese fue un horrible destino – y fuimos enterradas en un pozo profundo. Mas los sirvientes del Señor, sus amigos, se enteraron de ello y me encontraron, y me cubrieron luego de oro y plata.”[1] Jorge Luis Borges, Obras Completas 2, Barcelona, Emecé, 1996, p 436.
[2] Jorge Luis Borges, Obras Completas 1, Barcelona, Emecé, 1996, p 21.
[3] Ídem, p.37.
[4] Ídem, p.38.
[5] Jorge Luis Borges, Obras Completas 2, p.279.
[6] Ídem, p.285.
[7] Véase Shopenhauer, Arthur, El mundo como Voluntad y Representación, Buenos Aires, Aguilar, 1960, capítulo XXIX del libro tercero y capítulo XLII del libro cuarto.
[8] Jorge Luis Borges, Obras Completas 2, p. 329.
[9] Ídem, p. 328.
[10] Jorge Luis Borges, Obras Completas 1, p.496.
[11] Ídem, p.563.
[12] Martín Arias y Martín Hadis, Borges profesor: curso de literatura inglesa dictado en la Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, Emecé, 2001, p. 343.
[13] Jorge Luis Borges, Obras Completas 1, p. 515.
[14] Jorge Luis Borges, Obras Completas 2, p. 234.
[15] Idem, p.341.
[16] Ídem, p. 285.
[17] Ídem, p. 323.
[18] Ídem, p. 328.
[19] Ídem, p. 339.
[20] Ídem, p. 201.
[21] Jorge Luis Borges, Obras Completas 1, p. 509.
[22] Jorge Luis Borges, Obras Completas 2, p. 191.
[23] Walter Benjamin, El narrador, Buenos Aires, Planeta-Agostini, 1990, p 211.
[24] Ídem, p. 207.
[25] Jorge Luis Borges, Obras Completas 2, p. 419.
[26] Walter Benjamin, El narrador, p.211.
[27] Martín Arias y Martín Hadis, Borges profesor: curso de literatura inglesa dictado en la Universidad de Buenos Aires, traducción de Martín Hadis, p.377.