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Baudelaire

El deseo de pintar –XXXVI

El deseo de pintar –XXXVI (Spleen de Paris)

¡Desgraciado quizás el hombre, mas agraciado el artista a quién desgarra el deseo!
En deseos ardo por pintar a la que se me apareció tan raras veces y huyo tan veloz,  como algo bello, que se echa de menos, tras el viajero arrebatado por la noche. ¡Cuánto tiempo hace ya de su desaparición!
Hermosa y más que hermosa; sorprendente. En ella abunda lo negro; y nocturno y hondo es todo cuanto inspira. Sus ojos son dos astros en los que centellea vagamente el misterio, y su mirada relumbra como el relámpago; una explosión es en las tinieblas.
A un sol negro yo la comparara, si fuese dado concebir un astro negro vertiendo luz y dicha. Pero hace pensar de mejor grado en la luna, que, quizás la ha marcado con su temido influjo; no en la luna blanca de los idilios, que se asemeja a una fría recién casada, sino en la luna siniestra y embriagante, suspendida en lo alto de una noche tormentosa y atropellada por las nubes en carrera; no en la luna discreta y apacible que frecuenta el sueño de los puros sino en la luna arrancada del cielo, vencida y sublevada, a la que las Brujas tesalienses obligan sin miramientos a danzar sobre la hierba aterrada.
En su parva frente habitan la voluntad tenaz y el amor de la presa. Sin embargo, en lo bajo de este rostro inquietante, en donde se respira lo desconocido y lo imposible, estalla con una gracia inexpresable, la risa de una boca grande, roja y blanca, de una boa deliciosa que hace soñar con el milagro de una soberbia flor abierta en terreno volcánico.
Mujeres hay que inspiran ansias de vencerlas y gozarlas; ésta infunde el deseo de morir lentamente bajo su mirada.